|
PORTUGAL Y ESPAÑA
Una encuesta que refleja que el 28 % de los portugueses verían bien una integración peninsular animó periodísticamente la visita esta semana del presidente Cavaco Silva a España. Efectivamente, los resultados de la encuesta son bastante sorprendentes sobre todo para quienes conocemos desde hace años el orgullo con que los portugueses alardean su independencia. Siempre ha habido en Portugal intelectuales que defienden con valentía la raíz cultural común de los dos pueblos, pero partidarios de una unión política con España la verdad es que no he conocido a ninguno, por lo menos a ninguno proclive a expresarlo en voz alta.
¿Qué ha pasado - cabe preguntar dando por supuesto que la encuesta sea correcta - para que las cosas hayan cambiado tanto en un pueblo sobrio, poco dado a veleidades, y con la solera histórica y patriótica del portugués? Pues realmente no lo sé, pero sí me atrevería a aventurar algunas razones. Una parte del enfrentamiento más reciente, heredado de muchos siglos de conflictos, había sido estimulado directa o indirectamente por las anacrónicas dictaduras que ejercían sobre principios de arcaico nacionalismo a ambos lados de la frontera.
La implantación de la democracia tanto en Portugal como en España cambió radicalmente muchas aspectos de las relaciones: aquellas viejas fronteras, las más antiguas de Europa se abrieron de par en par - hoy el viajero ya no las ve porque los controles no existen - y ambos pueblos hemos podido conocernos mejor y disfrutar de cuanto bueno podemos intercambiar y compartir. Los portugueses descubrieron que la arrogancia española que exhibía un mejor nivel de vida ha descendido en cuanto los españoles descubrimos que Portugal es un país desarrollado que tiene mucho qué admirar y mucho qué enseñarnos.
Creo que es de alegrarse de que sea así. Cada vez más España y Portugal se comportan como países hermanos y hasta cómplices en la defensa de intereses compartidos. La integración, entre tanto, no es un asunto que daba discutirse. Por muchos portugueses que se sumen a ese 28 % que la aceptaría, es una posibilidad remota, casi imposible y más que imposible, en mi opinión innecesaria. Claro que sería una idea excelente y nunca descartable en un futuro pero a corto o medio plazo seguramente crearía más problemas que ventajas. Por mucho que los sentimientos portugueses estén cambiando, lo mejor que la inercia de entendimiento siga, que las suspicacias se diluyan y que cada vez haya mayor integración real, en la economía económica, la cultura y la diplomática sin tocar el sentimiento luso, casi sagrado, de su independencia.
Abordar peripecias como la unión peninsular sería como poco prematuro e inoportuno y, desde luego, desde España no debería ser contemplado ni jaleado. La historia refleja la dificultad de que países independientes se integren. Hay ejemplos como el de los dos Vietnam y los dos Yemen. Pero en ambos casos fue una guerra la que impuso el final de la división. Otros intentos como el de la RAU fracasaron. En cambio son abundantes los ejemplos de desintegración - URSS o Federación Yugoslava - y de división - Pakistán y Bangla Desh, República Checa y Eslovaquia o Etiopía y Eritrea --. España y Portugal están inmersos en la integración en la UE y ese es un factor de acercamiento e integración que les aproxima con normalidad y sin recelos. Sin olvidar que España, entre tanto, tiene bastantes problemas con la integración de sus regiones. Hoy a las autoridades españolas casi les resulta más fácil entenderse con el Gobierno independiente de Lisboa que con el autónomo de Barcelona. Fax Press.-
|