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CRISIS
Si se pregunta a cualquier miembro del Gobierno sobre la crisis económica dirá que no es tal, que se trata de un proceso de desaceleración influido por la situación internacional y la interdependencia de los mercados que supone la globalización.
La comparecencia del vicepresidentes segundo del Gobierno, Pedro Solbes, en la comisión correspondiente del Congreso ha sido una muestra de ello. Si se hace la misma pregunta a un dirigente del Partido Popular, el diagnóstico de la situación es diametralmente opuesto, avalado y sustentado en los últimos datos conocidos.
Si se pregunta a muchos dirigentes populares sobre la situación interna de su partido, en especial a aquellos que se mantienen en el entorno más cercano a Mariano Rajoy, negarán la mayor y minimizarán su alcance, a pesar de las cada vez más numerosas voces que se escuchan en el PP y que muestran su inquietud por las decisiones que Mariano Rajoy no acaba de tomar. Los socialistas, por supuesto, se frotan las manos y dejan a los populares que se cuezan en su propio jugo, porque conocen bien un proceso que ellos mismos han vivido en varias ocasiones.
Los ciudadanos, por tanto, padecemos dos crisis verdaderas que los propios afectados se empeñan en negar, con las consecuencias económicas y políticas que ello tiene. Quizá sea por la preocupante tendencia de los responsables políticos de negar los problemas internos a los que tiene que hacer frente.
En los meses previos a las elecciones, los populares se hartaron de pedir al presidente del Gobierno que reconociera que se había acabado la etapa de las vacas gordas y que entrábamos directamente en crisis. Zapatero, tras ganar las elecciones generales, tardó más de un mes en pronunciar la palabra "desaceleración" para calificar la situación económica.
Rajoy ha tardado casi dos meses en reconocer que su partido atraviesa "una situación difícil".
Curiosamente, los que demandan que el Ejecutivo reconozca que hay crisis económica se revuelven panza arriba para no utilizar la misma palabra a la hora de definir su propia situación. Muestra, igualmente, de la propensión de los políticos a utilizar dos varas de medir y de calificar.
Pero por mucho que con el lenguaje político se quiera escamotear la realidad, esta es obstinada y no desaparece porque no se la quiera nombrar. Otra cosa es que se reconozcan los problemas cuando quiere el adversario político que se haga, -que muchas veces está en el interior del propio partido como desvelan los movimientos en el seno del PP- y a nadie se le escapa que el mejor momento para admitir los problemas económicos no era antes de la elecciones, del mismo modo que el PP trata de que el proceso congresual, del que debe salir el nuevo equipo de dirección, no se le vaya de las manos a Rajoy.
El Gobierno niega la crisis económica y el PP niega su crisis interna. Pero haberlas haylas.
Fax Press.-
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